TRATAMIENTO DEL ALZHEIMER

Para el tratamiento del alzheimer es importante conocer la definición de esta enfermedad neurodegenerativa. El alzheimer afecta y merma progresivamente las funciones básicas del individuo (esto es, las capacidades mentales, físicas y funcionales) con especialidad incidencia en un primer momento en componentes cognitigos y conductuales de la persona afecta y que a menudo requiere de tratamiento en residencias y centros especializados.

Resulta, por tanto, crucial la neurorrehabilitación del adulto para proporcionar un tratamiento no sólo paliativo sino preventivo ante sus primeros síntomas con el fin de favorecer el mantenimiento del estado físico y psíquico del enfermo y su estimulación constante para potenciar, en la medida de lo posible, su calidad de vida y mantenimiento biopsicosocial general.

Así pues, el tratamiento de un enfermo de Alzheimer puede (y debe) afrontarse considerando las fases claves de la enfermedad (inicial, moderada y grave)  y desde distintas aproximaciones interdisciplinares (es decir, desde la perspectiva psicológica, médica, física y funcional). En este sentido resulta adecuado contar con la ayuda de un equipo especializado que en su plantilla incluya distintos profesionales del ámbito sanitario como son: terapeutas ocupacionales, fisioterapeutas, psicólogos, trabajadores sociales y médicos (entre otros).

Fases del tratamiento del Alzheimer

En las fases iniciales de la enfermedad, momento en la que los síntomas más evidentes son de carácter mnésico y conductual, el objetivo prioritario no es otro que el de potenciar las funciones mantenidas y aportar herramientas y recursos al enfermo que le ayuden a confrontar los primeros déficits detectados. Por consiguiente, desde una perspectiva psicológica, resulta fundamental incluir a la persona afecta en sesiones individuales o grupales de estimulación cognitiva que traten y potencien especialmente los procesos cognitivos básicos (es decir, atención, concentración y memoria) al tiempo que se tratan las consecuencias conductuales y emocionales derivadas de este trastorno y que, en la mayoría de los casos, puede estar afectando a la correcta aceptación y adaptación a la enfermedad. Desde una perspectiva funcional resulta crucial favorecer la autonomía de la persona afecta potenciando la realización de las actividades de la vida diaria sin ayuda o con el mínimo apoyo necesario. En lo referente al mantenimiento físico del individuo, se incluirá al paciente en sesiones grupales o individuales adaptadas a su estado, incidiendo en la memorización de secuencias y la imitación. De este modo no sólo se favorecerá las condiciones físicas de la persona si no que se potenciarán las funciones mnésicas a través de la realización de sencillas dinámicas de gerontogimnasia.

En la fase moderada de la enfermedad, en la que los déficits se han agravado considerablemente y pueden estar afectando significativamente a funciones de reconocimiento, memoria a corto plazo, orientación temporoespacial, autonomía y coordinación motora, el objetivo del equipo multidisciplinar se centrará en paliar las problemáticas detectadas y mantener las funciones que a pesar del avance de la enfermedad aún se mantienen intactas. Por tanto, en este momento, la atención individualizada y adaptada a las características y capacidades del paciente resulta especialmente indicada desde cada una de las áreas anteriormente citadas.

Por último, una vez alcanzada la fase grave del trastorno, donde todas las funciones del paciente han resultado significativamente alteradas (esto es, pérdida de movilidad y masa muscular, afectación severa del lenguaje y la comprensión, dependencia total para la realización de actividades de la vida diaria y escaso o nulo comportamiento social) las intervenciones multidisciplinares son mucho más limitadas y se centran especialmente en la estimulación multisensorial, la movilización física y  la asistencia total del enfermo de Alzheimer.

En definitiva, la neurorrehabilitación de las enfermedades neurodegenerativas exige la implicación de los distintos profesionales del ámbito sanitario, el apoyo emocional y social constante al paciente y por su puesto la aplicación de protocolos de actuación no sólo paliativos si no preventivos que favorezcan la autonomía y mantenimiento físico, cognitivo y social del enfermo antes incluso de la aparición de los primeros síntomas de dicho trastorno.


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